Con 12 años monté un fanzine que con 14 era un portal de internet. A la vez “chuleaba” de ser uno de los mil primeros bloggers de España, mi blog cumplirá en breve 13 años. Con un proyecto de ¿red social? que iba a revolucionar el mundo gané un concurso de emprendedores y estuve una semana en San Francisco visitando cosillas como Google. Con mi proyecto siguiente fui seleccionado en una prestigiosa incubadora. He asistido a cientos de masterclass sobre decenas de temas, he tenido mentores y tutores, y he presentado mis proyectos en fondos de inversión, concursos y eventos de nivel, hay hasta un vídeo mío en youtube contando una de mis historias en el escenario del Circo Price. Y sin embargo no soy emprendedor. No al menos el tipo de emprendedor que “ese mundillo” pretende que sea. Han conseguido que no me sienta identificado con la palabra que mejor podría definirme en el mundo… ¡Qué hijos de puta!

Mentiría si dijera que no he aprendido nada. Después de un puñado de años y cientos de charlas, cursos y “mentorings” he aprendido dos cosas. Solo 2 de las mil historias que me han querido meter en la cabeza.

La primera es que lo único que importa en una aventura es el equipo. Ni la idea, ni el dinero, ni tú: la gente. Personitas que hacen cosas, tú solito te comes los mocos.
Yo sé de montones de cosas, pero no sé “mucho” de nada. No hay ningún tema en el mundo en el que pueda decir que soy experto. Sin embargo he tenido una suerte impresionante a la hora de cruzarme con gente y engañarles para que se vinieran conmigo.
Hay dos formas de hacerlo: o te juntas con gente peor que tú y siempre serás poderoso porque siempre serás el más listo, o buscas a gente mejor que tú porque al fin y al cabo ¡lo que quieres es que las cosas vayan bien! Por suerte pertenezco al segundo grupo, y por eso cuando vi currando al que por aquel entonces era “un chaval cualquiera” le propuse directamente que fuera mi jefe. Menudo máquina, señores. Nada en mis manos iría ni una tercera parte de lo bien que va en las suyas, sin duda el descubrimiento del siglo, a quien le debo la práctica totalidad de mi vida profesional, porque sin él yo seguiría dando tumbos de trabajo temporal en trabajo temporal por no saber hacer la O con un canuto. Juntos nos hemos dado unas cuantas leches hasta encontrar al que sin duda es el mejor desarrollador del mundo, que si le dices que te copie facebook de arriba a abajo primero se va a enfadar “porque eso no se puede”, luego te va a decir que vale pero va a tardar un año y medio, y una semana después te lo va a enseñar funcionando con un par de mejoras chulas que se le han ocurrido a él. Y al inicio de los tiempos llegó un chaval a hacer las prácticas en plan community manager y ha demostrado valer para todo y además poniéndole ganas, y pocas cosas valoro más en una persona que las ganas de hacer cosas, así que supo en poco tiempo hacerse imprescindible. Rodearme de los mejores me convierte formalmente en el mediocre del equipo, pero hace que todo funcione porque mediocres… ¡solo hay uno! ¡ahí está el truco!.

La segunda cosa que aprendí es que todo el “mundillo emprendedor” es mentira. Los concursos, las incubadoras y aceleradoras, los planes de empresa, los foros de inversión y los inversores, y todas esas mierdas, todo mentira. Se supone que por definición tengo una “start-up”, y sin embargo pocas cosas me dan más asco en la vida que la palabra “start-up”. Tengo una empresa, una pequeña que crece a una velocidad que da mucho vértigo, pero una en la que no utilizamos palabras en inglés para referirnos a las cosas y que hemos basado en la simplicidad. No queremos revolucionar el mundo, nos basta con revolucionar nuestro sector, y lo estamos consiguiendo simplificando lo que los demás llevan años re-liando con tonterías. No estamos innovando, no hemos inventado nada, simplemente estamos haciendo las cosas bien, y encima mucho más barato. “Triunfar por hacer bien lo que los demás llevan años haciendo mal” es un titular que, de seguir perteneciendo a “la burbuja”, podría llenar varias páginas en las revistas de emprendedores, podríamos ganar concursos, participar en las mejores “aceleradoras” e incluso conseguir financiación con muchos ceros. Pero no me apetece. Estoy disfrutando un montón del proceso “a lo tradicional”, como cuando te cuentan que Amancio Ortega empezó vendiendo batas de boatiné. Sin historias, con el único objetivo de currártelo lo suficiente como para vender hoy un poquito más que ayer, confiando en que será algo menos que mañana. Y p’alante.

Así que no. Lo siento. No soy emprendedor. Vete a insultar a otro.

3 comentarios en “No soy emprendedor

  1. Por muchos “no-emprendedores” como tú.
    Por muchos “mediocres” como tú.
    Y por mucha gente que revoluciona el mundo” haciendo cosas simples y baratas” como tú.

    Si el mundo conociera la mitad de tus ideas, y/o si vieran la luz una décima parte de ellas…¡temblarían! :D
    A seguir no-emprendiendo.
    Y sin poner fecha de caducidad.

    Contestar
  2. Vaya, no se qué me ha sorprendido más, si tu vuelta al blog, o que seas el futuro de la tecnología nacional… pero ambas cosas son dignas de admiración y agradecimiento.
    Seguiré leyendo por aquí.

    Contestar

¡Comenta!

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong> 

obligatorio