Del color. Y el amor. Y el pop.
Mi historia de estos últimos meses y yo
La nada trae la nada - Pastora | 07/04/2011 | 3:28

Si es que este día tenía que llegar... Algún día tenía que volver a escribir en mi blog... ¡Y es que en verdad no sé vivir sin él! Y me parece muy triste que siga apareciendo en portada el post del octavo aniversario ¡a un mes de cumplir el noveno!

Pero es que os lo voy a contar: Ha pasado una etapa gris. Gris oscura, ahí, de nubarrones chungos y días largos y tristes. Una etapa oscura que me estaba haciendo olvidarme de la luz.. Y del color. Y del amor. Y del pop. Me rodeaba una atmósfera maloliente que me invadía, me oscurecía y me convertía en un ser feo y mate. Y ha sido una etapa realmente larga. No sabría calcular con exactitud el inicio, pero calculo que habrá durado año y medio, unos 18 meses, como una permanencia de telefonía móvil. Paradójico ¿verdad?. Y es que mi trabajo me tenía tan tremendamente asqueado que todo lo demás tenía mucho menos sentido y todo en mi vida era un drama tras drama. Un bucle de realimentación positiva. "Positiva" porque cada vez se realimentaba más y más, nunca iba a menos, no porque fuera algo bueno.

Y el día 25 de febrero me echaron del trabajo.
Y según firmaba mi carta de despido, en la densa nube que me rodeaba empecé a atisbar un pequeño rayo de luz. Era muy flojito, le estaba costando hacerse un hueco, si hubiera sido un rayo con cara hubiera tenido cara de sufrir, y un goterón en la frente por el esfuerzo que estaba haciendo. Era flojo pero se le veía que venía con ganas, con fuerza, que era solo la puntita, que en verdad su timidez era solo una fachada para ganarse la confianza de las nubes y luego entrar con todo lo gordo. Y según bajaba la calle que iba de mi trabajo a mi casa el rayo iba ganando fuerza y los trozos de nube moribundos que iba arrancando a su paso se posaban en mis manos esperando darme pena y que tuviera compasión, pero yo intentaba sonreir un poquito aunque no me acordaba muy bien de cómo se hacía, las soplaba con cierta morriña por todo el tiempo que habíamos pasado juntos y planeaban hasta pegarse en el pelo a las pijas con las que me iba cruzando. E intentaba reirme y cada vez me salía mejor.
Y ese rayo me acompañó durante unas cuantas semanas, pero venía solo, había conseguido hacerse un hueco importante pero lo gris seguía siendo mayoría. De vez en cuando veía trozos caer por el desagüe del lavabo al lavarme la cara y un par de trozos grandes aparecieron en mi almohada. Además había días que eran más conscientes que otros de que aún no habían terminado su misión, que su nube madre seguía vigilando desde arriba con una sonrisa cómplice, con esperanzas de volver a hacerse con el 100% de mi cuerpo, y lo peor es que yo también creía que eso podía suceder, y el rayo había días que se esforzaba en decirme "¡Hey tío! ¡Que estoy aquí!" pero yo hacía un triple salto mortal y conseguía ponérmelo en la espalda para no verlo, simplemente intuir su resplandor si me miraba el hombro.
Y justo un mes después de llegar a mi vida, el 25 de marzo a las dos del mediodía, en un despacho de la calle Princesa, se las ingenió para llamar mi atención, y cuando miré... ¡Vi que no estaba solo! ¡Se había traído a un colega que bien podría haber sido su primo de Zumosol! ¡Era enorme! ¡Y había entrado casi sin avisar! ¡Nadie lo esperaba y pilló a los grises tan desprevenidos que de repente había un nubarrón en el suelo pidiendo clemencia mientras el nuevo rayo gordo se burlaba de él! Quise agacharme a mirar, pero el rayo nuevo venía con sus propias reglas, me agarró de una oreja, me levantó en volandas hasta poner mi cara frente la suya y con una curiosa expresión mitad cómplice mitad amenazante me soltó un tajante "Ni se te ocurra". No podía no hacerle caso, tenía pinta de saber hacerme daño y, aunque yo sabía que estaba aquí por mi bien, decidí que sólo quería ver a su primo el pequeño, que ya le había cogido cariño y había sido más suavecito conmigo. Al grandullón lo dejé a la espalda, y como no lo veía no tenía mucha idea de lo que estaba haciendo, pero es que, sin pedir permiso ¡el muy cabrón se estaba cargando a todas las nubes que encontraba a su paso! Pero no dejaba huecos vacíos para que las nubes grises no pudieran coger aire y ocupar mas espacio, no, se empezó a traer a colegas que ocuparan los huecos y se montó toda una fiesta. Yo me enteré de todo esto cuando ya no cabían más y un rayo desconocido vino a pedirme permiso para instalarse en mi ombligo poque atrás no quedaba más hueco.
Y yo decidí que esto me gustaba, la cosa pintaba bien y la luz me sentaba como un guante. Cuando pregunté al Sol si era él quien me estaba ayudando sonrió y me dijo "Creo que más bien deberías preguntarle a mi amigo el Tiempo" y me guiñó un ojo. Al Tiempo decidí no preguntarle, no fuera que se mosquease y decidiera dejar de hacer el trabajo que tan bien se le estaba dando.
Quedaban nubes. Pocas y débiles, pero muy listas las jodías. Se habían agarrado a mi pecho porque era su especialidad y a veces conseguían escalar por mi cuello y entrar por mi boca para intentar asfixiarme como tantas veces lo habían hecho anteriormente, pero tenía tantos rayos de luz cerca que juntos eran una gran fuente de conocimiento, y uno de ellos me había enseñado una tarde a toser bien fuerte.

Y quise llegar a un acuerdo. A veces era muy triste ver cómo se montaba una pelea en un codo o un pezón. Avisé al rayo gordo y a la más vieja de las nubes y los reuní una mañana en mi ducha, que además de no haber ropas que pudieran hacer interferencias y de que con un poco de agua podríamos lograr una temperatura idónea para todos, siempre ha sido el sitio donde más lúcido estoy. Y en primer lugar le agradecí al jefe de los rayos que hubiera hecho todo lo que había hecho por mi. Se lo agradecí de corazón y no tuve reparo en llorar porque en la ducha no se iba a notar. Y se lo agradecí porque me había devuelto el color. Y el amor. Y el pop. Pero entonces miré a la nube vieja y le dije que, aunque quizás fuera un gran error por mi parte decir eso, no sabía vivir sin ella. Y les propuse una cosa: La nube vieja convencería a todas sus compañeras, más jóvenes y lozanas, para que se buscaran gentes más rancias a las que perturbar a cambio de que los rayos respetasen la presencia de la anciana y no intentaran acabar con ella. Ambos aceptaron y acompañé a mis ya ex-nubes al Corte Inglés más cercano para que no les costase mucho encontrar nuevos hogares. Y al soltarlas vi que de repente la gente era como más bajita y ya no tenía que pedirle a nadie en el super que me acercase un paquete de cereales de la última balda porque llegaba yo solo... ¡Qué hijas de puta! ¡Unas cuantas, las más pesadas, se habían conseguido camuflar en mis piernas y me habían tenido todo este tiempo de rodillas! Me arrepentí un poco de haber llegado a un acuerdo con ese tipo de ente y no dejarles hacer a los rayos su trabajo hasta el final, pero ya era tarde, estaba firmado. Y evidentemente la nube vieja sabía más por vieja que por nube.

Y desde entonces cada día hablo un poquito con mis nuevos y luminosos compañeros de aventuras y siempre tienen cosas nuevas e interesantes que contarme. Los más experimentados me hablan de proyectos, me meten cosas en la cabeza que yo no les pido pero que me gustan y se colocan en mis piernas y me incitan a andar, y a emprender. Al fin y al cabo, Tiempo sabe lo que se hace, y parece ser que aunque pareciera que sí, en los últimos 12 años no se ha olvidado de que emprender es mi motor, simplemente estaba buscando el momento. Y los momentos al fin y al cabo son su trabajo, su especialidad.
Hay un par de rayos muy majos que viven en mis oídos, y que de vez en cuando desaparecen y de repente llegan con sonidos nuevos.
Y el más joven del grupo ha decidido que le gusta mi corazón, aunque la nube vieja lo vigila muy de cerca. Hay ocasiones en que la nube se dedica a meterse en mi cabeza y marearme, o en mis pies para hacer fuerza e intentar frenarme, y es entonces cuando el rayito juguetón se dedica a corretear por mi pecho hasta no poder más y a descansar en mi corazón porque dice que se está calentito. Pero la nube tiende a despertarlo de malas maneras para que siga correteando por la zona pero sin que roce el pequeño globo rosa, aunque ella tampoco se atreve a acercarse demasiado y mucho menos tocarlo porque es tan misterioso que no sabe lo que podría pasar. Se limita a intentar despistar, a disuadir a quien se acerca a curiosear, a hacer que nadie se sienta a gusto junto a él porque sabe que el día que eso pase posiblemente pase a darme igual nuestro acuerdo y hubiera represalias. Y aunque el rayo gordo no apoya su estrategia de evitar cualquier contacto, tampoco hace nada por combatirla, opina que bien pensado es lo mejor para todos. Y ante tal rotundidad yo tengo poco que decir al respecto.

Al fin y al cabo, no me puedo quejar de su forma de proceder como para dudar. De nuevo tengo el color. No todo él, pero si al menos una gran paleta, aunque a veces eche de menos algunas mezclas más o menos importantes. Y el amor. No todo él, pero al menos sí una gran parte de las partes que lo componen, aunque siempre falte una desconocida que tiene pinta de ser gorda. Y el pop. El pop siempre ha querido pasar desapercibido y por eso siempre ha sido el más fuerte y el que menos enemigos ha tenido.

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(( Jgts ))

Pitu

08/04/2011  |  00:11

¿Que diceh? No me he enterao de ná. O yo tengo mucho sueño, que sí, o tú estas hablando raro, que también.

Now you!

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19/08/2009 - 16:50