Voy a filosofar sobre ciencia. Es una cosa que está muy mal, no lo hagáis en casa.

Durante varios años ha habido muchas veces que me han confundido con un famoso. Nunca supe con quien. Oía susurrar cerca de mí a gente, y todos dudaban “si era él”. Muchas veces se acercaban un poco y confirmaban que no, y otras muchas se alejaban cuchicheando, con la duda de si se habían cruzado “con él” de verdad o simplemente con alguien que se le parecía. Durante una época ocurrió muchas veces, más de 3 o 4 al mes. Era más joven y estaba más delgado, con la cara más “chupada”. Preguntaba a mis amigos y nadie me sacaba ningún parecido razonable con nadie, y nunca reaccioné lo suficientemente rápido para preguntarle a alguna de esas personas “quién era yo”.

Esa etapa pasó, y entonces llegó a mí el “melendismo”. Me puse los pendientes y años más tarde empecé a dejarme la trenza. Gente, bastante, empezó a decirme que me parecía a Melendi. Supuse que era por el pelo y los pendientes, pero cada vez iba a más, al tiempo que menos gente, pero también bastante, me decía que parecía vasco. Una vez quedé con alguien que, “después de”, me confesó que había quedado conmigo por mi parecido con el milindri, por lo que creedme cuando os digo que existe una persona en el mundo que un día entornó un poco los ojos y fantaseó con estar follando con Melendi en lugar de conmigo. Muy fuerte fue aquello.

De nuevo os pregunté y la sensación general, que coincide con la mía propia es que no, no me parezco en nada a Ramón Melendi. Pero ayer me volvió a ocurrir: el cajero de un supermercado me preguntó si nunca me habían dicho que me parecía a ese señor.

He trabajado muchos años de cara al público y sé que, para decirle algo así a un cliente, tienes que cumplir dos requisitos: estar muy convencido de lo que vas a decir, y además ser un poco bocazas. Me lo dijo en serio, lo pensaba de verdad, sino no lo sueltas, así que pensé que debía haber alguna explicación a todo esto, y en vez de buscarla, me la he inventado.

He forjado una nueva teoría, a la que he bautizado como: “Teoría (pseudocientífica, no fundada en datos, sin basarse en nada, con ninguna credibilidad al estar inventada por el mismo friki que divide a las personas entre pares e impares) del melendismo-jorgetil”. Voy.

Consideración previa 1: el ejemplo de los colores. Se dice que no hay dos personas en el mundo que vean los colores del mismo modo, de tal forma que el mismo tono de azul es distinto según la persona que lo observe. Como la descripción, por muy detallada que sea, siempre va a ser prácticamente igual que la que pudiéramos hacer nosotros, nunca sabremos cómo ven los colores las demás personas. Del mismo modo, entiendo que pasa de forma similar con las formas, por lo que ante la misma imagen, la combinación de ojos-cerebro de cada persona hace que, siendo la misma, la aprecien de forma ligerísimamente distinta.

Consideración previa 2: la belleza. Se supone que Mario Casas o Eva González son guapos, y a mí no me lo parecen en absoluto. ¡Ojo! Que no hablo de gustos, hablo de percepción. Yo soy feo, objetivamente hablando, pero le gusto a gente. Hay quien ha visto “que tengo encanto” y gente que directamente me ha dicho que le gustan “los feos”. Eso son gustos, pero sin embargo hay gente que realmente me ve guapo, me lo juran y no puedo más que creérmelo, y eso es percepción. “Sabes” cuando una persona es guapa (desde tu percepción) aunque no te guste (desde tu gusto) y viceversa.

Ahora sí, al lío.

Voy a llamar “puntos” a cada rasgo de la cara. Muy al detalle ¿vale? Por ejemplo, en los ojos serían puntos no solo su forma, tamaño y color del iris, sino también su relación de tamaño respecto al resto de la cara, su ubicación, la diferencia de tamaño entre uno y otro, la apertura de los párpados, etc. Las cejas, pestañas, ojeras y arrugas tendrían también muchos puntos propios. Y así, con la boca, la nariz, las orejas, todo. Miles de puntos.

Para explicarme con cifras sencillas, planteo que haya por ejemplo 200 puntos. Y mi teoría dice que de cada persona, en un primer vistazo, nos fijamos en, por ejemplo, 20. No necesitamos los otros 180, con 20 de esos puntos somos totalmente capaces de saber cómo es un persona, de recordarla, de distinguirla de los demás y de saber, por ejemplo, si según nuestra percepción personal (ojo, que no gusto) es guapa o fea. Si queremos entrar al detalle de alguna parte del cuerpo de una persona podemos fijarnos y descubrir e incluso memorizar más puntos, pero nuestra cabeza está preparada para trabajar con 20, solo con esos, y siempre los mismos 20 en todas las personas, lo que nos ayuda a diferenciarlas.

150 de mis puntos son de persona fea, y 50 de persona guapa. Si tu cabeza se fija de forma automática en 20 puntos, siempre los mismos 20 en todas las personas, hay muchas probabilidades de que veas 15 de los feos y 5 de los guapos, lo que me convierte según la percepción de la gente en general en alguien “del montón bajo”, pero sin llegar a ser desagradable a la vista. Habrá gente que en esos 20 tenga una proporción de 18 a 2 por lo que para ellos seré tremendamente feo (aunque les gusten), y algunos que entre esos 20 puntos que ven de la gente coincida que la mitad de los míos sean “de guapo” y, por lo tanto, me vean como tal (incluso aunque no sea su tipo). Quede clara de nuevo la diferencia entre “gusto” y “percepción”.

¡Pues bien! Actualmente, calculo que, de los 200, unos 15 puntos de mi cara son tremendamente similares a esos mismos 15 puntos de la cara de Melendi.

Para la mayoría de los mortales, de los 20 puntos (de entre 200) de las caras de la gente que su combinación ojos-cerebro aprecian, como mucho 1 o 2 son los que tenemos en común Melendi y yo, por lo que no, para toda esa gente, no nos parecemos en absoluto. Pero gente hay mucha en el mundo, por lo que es probable que me haya cruzado por la vida con gente que, casualmente, de entre sus 20 puntos habituales, ve 7 u 8 en los que Melendi y yo nos parecemos, por lo que para esa persona realmente nos damos un aire.

Del mismo modo, fuera también el personaje al que no le llegaban las cartas de Holanda u otro, habiéndome cruzado con decenas de miles de personas por la calle en toda mi vida, es fácil que, aunque el porcentaje sea ínfimo, haya estado en el campo de visión de gente que entre sus 20 puntos de percepción tuviera incluso 10 o 12 de los que comparto con el que emite cheques al portamor, hasta el punto de llegar a pensar que podemos ser la misma persona hasta que se fije momentáneamente en otros puntos que le alejen de esa idea.

Así, cuando dos personas realmente “se parecen mucho” para la mayoría de la gente, lo que ocurre es simplemente que entre ellos hay similares un mayor número de puntos, por lo que es más sencillo que en la percepción de cada uno coincidan muchos más. Y habrá quien perciba más de los distintos, el típico que en un grupo exclama “¡pues si no se parecen en nada!” aunque para el resto sean “igualitos”. Del mismo modo, gente “objetivamente guapa” es tremendamente fea para algunos, porque da la casualidad que los 20 puntos que perciben siempre coinciden con los menos “agraciados” de esa persona, o al revés, tú me ves guapo porque he tenido la suerte de que, de mis 50 mejores puntos, tú pillas al menos 10 de entre los 20 que ves de la gente.

Y hasta aquí mi teoría del melendismo-jorgetil. Majestuosa ¿verdad? Yo lo sé.

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